LA ROLDANA
 
   

INTRODUCCIÓN

 
LA ROLDANA

ROLDÁN, Luisa. "LA ROLDANA ". La famosa artista de este nombre fue la tercera de los ocho hijos que tuvo el maestro escultor Pedro Roldán y su mujer Teresa de Jesús Ortega y Villavicencio. Luisa, n. en Sevilla en 1654.

Al igual que el resto de sus hermanos recibió la educación apropiada para una familia de artesanos distinguidos y por ello compartió desde pequeña las habituales tareas femeninas del hogar con las de un temprano aprendizaje del arte de la escultura. No fue la única de las hijas a quienes el padre inculcó esas actividades, pues también fueron artistas otras hermanas de Luisa, como María y Francisca. Años después, cuando casó la numerosa prole del maestro, se formó el más nutrido y formidable taller familiar de Andalucía occidental, pero por paradojas del destino, no formó parte del afamado taller la más capacitada de todo el clan, Luisa, pues su obstinado deseo de contraer matrimonio con Luis Antonio de los Arcos le llevó a romper con su familla.

Efectivamente las dotes excepcionales de Luisa destacaron pronto y debieron ser advertidas por el padre, pero ella se empeñó con sólo 17 años en casarse con uno de los aprendices del taller, Luis Antonio, quien no parecía demostrar el mismo tipo de aptitudes. La oposición de Roldán fue terminante y las posturas se endurecieron, probablemente de alguna manera brusca, según lo relata el expediente matrimonial conservado en el palacio arzobispal, pues el pretendido novio logró obtener un mandamiento judicial el 17 de diciembre de 1671 para poder sacar a Luisa del hogar paterno. De este modo realmente insólito abandonó "La Roldana" su casa y fue depositada en la del dorador Lorenzo de Ávila donde permaneció hasta que la pareja realizó la ceremonia de esponsales el 25 de febrero de 1672.

El tiempo, el evidente cariño y los hijos nacidos del matrimonio limaron asperezas y hacia 1675, probablemente, se normalizaron las relaciones fa miliares; fue en este año, el 23 de febrero, cuan- do Luisa y Luis Antonio se velaron en la parroquia de San Vicente. Todo lo cual concede cierto aire novelesco a la vida íntima de esta artista casi legendaria en la tradición imaginera de Sevilla.

El viejo Pedro no se equivocó al oponerse a tan desigual enlace dados los caracteres de los con- trayentes, además de ver estropeados los ambiciosos planes que, tal vez, tenía puesto en las dotes artísticas de su hija preferida. Los jóvenes esposos no lograron triunfar en Sevilla. En un principio los contratos de obra, fundamentalmente, , pasos de misterio para las hermandades penitenciales, fueron contratados por Luis Antonio, su mujer no aparecía en el texto de los mismos, pero hay la sospecha de que las obras eran hechas por Luisa, sobre todo las que evidencian calidad y ofrecen similitud con posteriores obras documentadas de la escultora.

A estas amarguras profesionales se con otras más dolorosas, pues de los seis hijos nacidos y bautizados, sólo sobrevivieron dos, los otros cuatro murieron en la infancia. No obstante Luisa, que debía de llevar las riendas del matrimonio, no se avino a una total Concordia y deseo de trabajar nuevamente en el taller paterno, quiso y se empeñó en tener obras de exclusiva responsabilidad de ella y su marido, lo que consiguió a medias, pues éste, además de mediocre, dio muestras de irresponsabilidad. En más de una ocasión el viejo Pedro tuvo que hacerse cargo de contra- tos incumplidos por la pareja, lo que no fue obs táculo para que la fama de Luisa fuese en aumento. Es así como en 1686 la invitó el cabildo eclesiástico de Cádiz para que se encargase de la ejecución de las esculturas del monumento de la catedral, obra importante y en la que ya no figura Luis Antonio como contratante principal, sino como simple estofador de las tallas de su mujer. Esto se repitió en las imágenes de los Santos Servando y Germán, Patronos de Cádiz, que les fueron encomendados por el Ayuntamiento.

El primer período artístico es el sevillano de 1672 a 1686 y es el más oscuro; no hay obras documentadas, salvo aquellas que contrata el marido y en las que se sospecha una intervención de Luisa; la mayoría de estas obras muestran claras adhesiones al estilo y maneras de Roldán padre, aunque con cierta gracia femenina indudable. A esta etapa y formas pertenecen algunas de las figuras de los pasos procesionales de las hermandades de La Exaltación y Carretería. Todas las esculturas que tradicionalmente se vinculan con la autora, tendrían que ser de estos años, pero carecen de fundamentos estilísticos y documentales.

El segundo periodo es el gaditano (1686-1688), representa el inicio de una actividad personal y, de momento, son las obras más antiguas y documentadas de la artista. El estilo que exhibe sigue siendo el del barroco "roldanesco".

El éxito obtenido en Cádiz y esperanzas de alcanzar celebridad en la corte decidieron a Luisa, convertida en cabeza de familia, a trasladarse a Madrid, donde vive desde 1689 hasta su muerte. Este tercer periodo es el de la plena madurez y mayores triunfos, pues llegó a ser nombrada "escultora de Cámara" del rey Carlos II, pero fue también la época de disgustos, enfermedades y privaciones. Luis Antonio dejó de trabajar, sin motivo aparente, y los hijos, ya mayores, no parece que ayudasen gran cosa en los gastos del hogar. Luisa soportó todo el peso y aunque era elogiada por sus primorosos barros policromados en los que crea un lenguaje personalísimo lleno de encanto intimista y preciosista, los tiempos no eran buenos para el cultivo de las artes en la Corte; vendía poco y no se le pagaba el sueldo a que tenía derecho. Pese a este clima de desencanto sus obras pequeñas no transmiten ese ambiente -caso por ejemplo del San Miguel de El Escorial, Santa Ana de la Colc. Güel, Virgen de las Teresas, etc.-, en cambio ello es más perceptible en las grandes y de madera, en las que sigue fiel al tono dramático de las formas "roldanescas", según puede apreciarse en el Nazareno de Sisante.

A pesar de estas dificultades y soledad, el temperamento obstinado de Luisa se impone; desea triunfar en la corte y de ello hay numerosos testimonios en las cartas que escribe por estos años. No quiere volver a Sevilla, pues ello podría significar el reconocimiento de una vida pródiga en errores. Aunque el viejo Roldán ha muerto, el taller sigue abierto y solicitado; el padre le ha dejado algunos bienes en el testamento y el olvido de pasados yerros o tensiones; mas el carácter resuelto de "la escultora de cámara de S.M." (título que le fue reconocido por Felipe V), optó por la permanencia, pues se mantuvo en Madrid sin ayuda y en la mayor pobreza. Murió en 1704, no olvidada, pero sí postergada en una época de guerras e intrigas nada propicia para el reconocimiento de los méritos de la mejor escultora de aquellos tiempos.


   
   
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